El bautismo y la santidad son dos realidades que se autoimplican mutuamente en la vida cristiana, ya que la vocación universal a la santidad tiene su origen en el Bautismo (cf. LG 40). Este año, como Seminario Mayor, hemos querido tomar como lema: «Bautismo y Santidad, fuentes de la nueva humanidad» y como tema: «Si alguno está en Cristo, es una nueva criatura» (2 Cor 5, 17). Reflexionar sobre el bautismo y la santidad como fuentes de la nueva humanidad, significa ante todo recordar la verdad fundamental de que toda nuestra vida cristiana tiene en su fundamento un acontecimiento sacramental, es decir un hecho concreto, histórico, real incluso en el sentido físico, que ha acontecido en un momento determinado de nuestras vidas.
Para ningún discípulo configurado con Cristo, no debe ser un secreto, el que la vida cristiana se origina en el acontecimiento del bautismo, el cual «significa y realiza la muerte al pecado y la entrada en la vida de la Santísima Trinidad a través de la configuración con el Misterio Pascual de Cristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1239).
El Concilio Vaticano II, nos ha enseñado que «todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad» (LG 40). Esta llamada universal a la santidad tiene su origen en el Bautismo. Por este sacramento, como afirma el mismo Concilio, somos «hechos verdaderamente hijos de Dios y partícipes de la naturaleza divina, y por lo mismo, realmente santos» (LG 40).
Por su parte, el Papa Juan Pablo II nos recordaba en la Christifideles Laici que «la vocación a la santidad hunde sus raíces en el Bautismo» (CL, 16), señalando que esa vocación, que debe ser considerada «como un signo luminoso del infinito amor del Padre que les ha regenerado a su vida de santidad» es «una componente esencial e inseparable de la nueva vida bautismal, y, en consecuencia, un elemento constitutivo de su dignidad» (CL, 17).
Esto nos hace pensar que la santidad no consiste en realizar grandes hazañas ni en tener experiencias místicas extraordinarias, sino en vivir cada día desde la identidad bautismal, dejando que Cristo viva en nosotros. «Si alguno está en Cristo, es una nueva criatura» (2 Cor 5, 17). La santidad es la condición de toda vida cristiana eficaz, porque nadie da lo que no tiene.
Un aspirante al sacerdocio ministerial debe saber que, una vocación sacerdotal que no tenga sustento en el testimonio de vida no tiene credibilidad. Como nos enseña el Documento final de Santo Domingo, «el mejor evangelizador es el santo, el hombre de las bienaventuranzas» (SD, 28).
En un contexto formativo como el nuestro, resulta muy importante lo que el Papa Francisco nos recordaba: «dejar que la gracia de tu Bautismo fructifique en un camino de santidad. Dejar que todo esté abierto a Dios y para ello hay que optar por Él, elegir a Dios una y otra vez. […]. La santidad, en el fondo, es el fruto del Espíritu Santo en tu vida» (cf. Ga 5,22-23) (cf. Gaudete Et Exsultate 15). Dejémonos guiar durante este año por la fuerza del Espíritu Santo y Él nos llevará por los caminos de la santidad.
El Santo Padre, el Papa León XIV, nos recuerda que todos los creyentes estamos llamados a la santidad. La santidad, no es algo reservado a unas élites, sino a todo el pueblo de Dios: «no es un privilegio para unos pocos, sino un don que compromete a todo bautizado a tender hacia la perfección de la caridad, es decir, hacia la plenitud del amor a Dios y al prójimo. (Papa León XIV, Audiencia General, 8 de abril, 2026).
Les invito y motivo a todos y cada uno de ustedes queridos seminaristas a hacer un compromiso serio y honesto por vivir esta experiencia formativa con un renovado compromiso de una búsqueda sincera de la santidad en la vida diaria, viviendo el don del bautismo en clave de ser siempre en Cristo una nueva criatura (cf. 2 Cor 5,17) y forjando en ustedes cada día la figura de un pastor según el corazón de Dios (cf. Jr 3,15).
Finalmente, damos gracias a Dios por el trabajo y el servicio de los padres Gregorio Herminio Santana Ortiz; Miguel Ángel Cabrera González, quienes han terminado su período de misión y servicio en nuestro Seminario. Se integran al Equipo, los padres Antonio Pozo Piña, de la Arquidiócesis de Santo Domingo, y Manuel Alberto Díaz Núñez, de la Diócesis de La Vega. Les recibimos y como comunidad del Seminario, les decimos: «Bendito el que viene en nombre del Señor» (Sal 118,26) ¡Qué el Señor que nos llamó, nos afiance en su amor y que María nuestra madre, bajo la advocación de la Altagracia, nos cubra siempre con su manto! En nombre de todo el Equipo Formador del Seminario.
P. Eric Wilson Cosme Tavárez
Rector
